Durante la pandemia sentía una profunda necesidad de salir a caminar. El confinamiento me generaba ansiedad y tristeza. Así que, con mi perro y mi cámara, comencé a recorrer las calles que bordean las montañas de Escazú. Con sus vistas amplias, sus árboles, plantas y animales, era sencillo encontrar que fotografíar.
Al regresar a casa me sentía distinto: más tranquilo, más sereno y, a veces, simplemente más cansado. Con el tiempo, las montañas de Escazú se transformaron para mí en un espacio místico. Descubrí que detenerme a fotografiar un abejorro negro posado sobre una flor morada era una forma de regresar más en calmo.
Así nació esta iniciativa de la fotografía como arte de contemplación. Un ejercicio en el que fijar la atención, mover el cuerpo, acercarse, alejarse, caminar o agacharse se convierten en caminos para conectarse: primero con uno mismo y luego con una mirada con una mirada que va más alla de uno mismo. Fotografiar es un acto de conciencia, un encuentro con el presente que puede serenarnos y, al mismo tiempo, dejar una huella de valor para la posteridad.


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